| Vamos a intentar, desde este artículo, hacer un
repaso cronológico, desde le momento del nacimiento hasta el momento
en que nos podemos considerar como personas "adultas", del cómo
vamos aprendiendo, poco a poco a vivir la sexualidad, a relacionarnos
con nuestro propio cuerpo, a sentirlo y disfrutarlo, a atrevernos
o no a gozar de unas relaciones satisfactorias con otras personas
y de una determinada manera, fruto del contexto social y cultural
en el que nos encontramos.
Para ello podemos servirnos, a modo de hilo conductor,
de la vivencia de la caricia. Cómo va variando desde que somos niños
y nos vamos socializando, la manera en que entendemos (o nos van
haciendo entender), esa vía de comunicación tan primaria entre las
personas, como lo es el contacto corporal, el contacto piel a piel.
En principio, un bebé no va a diferenciar entre el
hecho de que "le acaricien", le cojan en brazos, le arrullen, le
toquen, le mezan ... de la vida misma. En otras palabras, para un
recién nacido, el contacto corporal es tan vital como el mismo oxígeno
para sobrevivir. Si éste le fallara, podría presentar graves transtornos
en su desarrollo o incluso llegar a morir.
Son
conocidas las investigaciones de René Spitz a principios de siglo
en horfanatos británicos, en torno a la causa de la enorme mortandad
de bebés en establecimientos de este tipo. Quedó demostrado que
uno de cada tres bebés moría antes de alcanzar el año de edad por
falta de lo que podríamos llamar "alimento táctil". Se trataba en
todas las ocasiones de niños y niñas bien cuidados en cuanto a higiene,
calor y alimentación se refiere. Pero a ellos les faltaba ese contacto
piel a piel, esa atención y juego corporal, que en mayor o menor
medida, los que hemos crecido en un ambiente familiar convencional,
hemos tenido. Y que una enfermera a cargo de diez criaturas no les
podía dar.
Está demostrado que la estimulación corporal, durante
este primer año de vida, envía potentes señales que estimulan el
cerebro y que a su vez activan respuestas de crecimiento y de bienestar
en el niño. Garantizando, por tanto, su saludable desarrollo.
Este ejemplo puede servirnos para constatar que la
caricia, aparte de ser una forma de comunicación primaria, necesaria
para el bienestar de la persona y su sentimiento de seguridad, es
así mismo indispensable para el adecuado desarrollo físico y psíquico
de toda persona.
La forma en que la vivamos durante nuestros primeros
años puede llegar a determinar, fuertemente, cómo la vayamos a vivir
en el futuro.
Si observamos lo que sucede habitualmente en el contexto
familiar, podemos observar algo muy significativo: los padres o
educadores, a medida que el niño o niña va creciendo y deja de ser
un bebé van a ir restringiéndole progresivamente estas caricias,
dejando de darles tanta atención y juego corporal, de bañarlos y
vestirlos, de cogerlos como antes, de mimarlos corporalmente.
Es como si, a medida que nos hacemos mayores y vamos
aprendiendo a valernos por nosotros mismos, no necesitemos ya del
calor y bienestar producido por la proximidad física de las personas
que nos quieren y a las que queremos. Como si el contacto corporal
no fuera ya necesario para nosotros.
Los niños comienzan muy pronto a recibir mensajes
prohibitivos con respecto a su impulso natural a tocar, a explorar
y conocerse a sí mismos y su entorno, a manifestarse espontáneamente.
"No te toques" y "No toques a los otros", van a ser dos mensajes
grabados a fuego ya desde los primeros años de nuestra vida.
Estas prohibiciones, procedentes de las personas
queridas, que son los padres, van a influir de forma importante
en la idea que el niño o la niña se van haciendo de su cuerpo, de
las relaciones entre las personas y de lo adecuado o inadecuado
de su comportamiento.
Aquí es donde comenzamos a desconfiar de nuestro
propio cuerpo y a avergonzarnos de lo que sentimos. Una fuerte sensación
de indecencia invade todo lo relacionado a lo corporal, a la necesidad
de cercanía física con otras personas o a la expresión espontánea
de nuestros sentimientos.
La
caricia, la "necesidad de piel" de la que antes hablábamos, empieza
a perder su sentido de comunicación y bienestar, para comenzar a
significar miedo, agresión, pecado o vegüenza.
Llegamos así a la etapa de la adolescencia, pagando
ya un alto precio por esta educación prohibitiva: fuertes sentimientos
de culpa y vergüenza en torno al cuerpo y la sexualidad; el impulso
natural a tocar y sentir a otras personas, si está fuertemente reprimido,
puecde transformarse en un impulso a fastidiar, a buscar contacto
o atención de una forma inadecuada o agresiva (peleas, lucha corporal
o la típica imagen del adolescente conflictivo), en una búsqueda
de ese contacto que es negado en una forma positiva y que es tan
necesario. Es lo que en Análisis Transaccional se conoce como "caricia
negativa"
Así, estamos creando lo que podemos llamar "el adulto
carencial", desnutrido afectiva y corporalmente, ya que la realidad
continúa siendo que, en todas las etapas de nuestra vida, seguimos
necesitando para estar bien, de la caricia, del contacto corporal
y de una vivencia satisfactoria de nuestras relaciones con otras
personas.
Si añadimos a esto que hemos apuntado más arriba,
que el modelo de sexualidad de la calle se reduce a poco más que
lo genital y a la penetración, podemos ir completando el "triste
cuadro general" donde se dan las relaciones afectivas y sexuales
entre las personas en nuestro contexto actual.
No es de extrañar, en consecuencia, que la incomunicación,
la desconfianza, las relaciones de poder y la agresión sean, muchas
veces, la tónica general y constituyan, desgraciadamente, una de
las quejas más frecuentes con que nos encontramos hoy en día en
este área.
Si no nos damos cuenta de este proceso educativo-represivo
con respecto al cuerpo y a la vivencia de unas relaciones positivas,
no-agresivas y placenteras entre las personas, no podremos hacer
mucho por transformarlo ya que, en principio, hemos perdido el sentido
de algunas claves importantes que podrían ayudarnos a recuperarlas,
y que aquí estamos analizando.
Siguiendo con la caricia, ya en el adulto, ésta queda
reducida a un mero "preliminar", a un medio para llegar a la cama
o bien a "una habilidad" para "hacerlo bien", al estilo del último
fascículo aparecido en la Televisión.

Ejercicios
durante el Taller de Caricias
Se la han despojado del valor original que tenía
en sí misma. Su meta ya no es el disfrute del momento, de la sensación
del instante en que sucede, del milímetro de piel que está sensibilizándose...
sin mayor pretensión que el placer que la misma caricia produce,
sin finalidades ni obligaciones, sin la ansiedad de "tener que cumplir"
con un programa prefijado o hacer determinadas cosas, sin tanto
campo de ansiedad.
Podemos decir que, en un triste recuerdo de su infancia,
un hombre o una mujer adultos, no tocan, no acarician.
Estamos viviendo nuestras relaciones afectivas y
sexuales desde modelos externos a la persona, muchas veces agresivos
con lo que realmente podría hacernos sentir bien. Modelos que nos
limitan, prohiben, normalizan, deciden qué nos debe gustar y qué
no, qué es normal y qué patológico, adecuado o inadecuado... y se
trata de modelos que muy pocas veces cuestionamos.
Y en sexualidad no hay nada normal o anormal, no
hay conductas sanas y conductas patológicas, prácticas adecuadas
o inadecuadas. Podemos decir que cualquier práctica sexual, fantasía,
pensamiento o deseo pueden ser válidos para la persona, siempre
y cuando los viva bien y no los imponga a nadie en contra de su
voluntad.
Este sería el único límite que deberíamos dejar bien
claro: todo vale si no es impuesto.
De alguna manera, lo que estamos planteando es la
necesidad de un cambio profundo en las actitudes sexuales de la
persona. Si pensamos que realmente merece la pena vivir el encuentro
sexual como una oportunidad de bienestar, un intercambio de placer
entre personas sensibles mutuamente, y no una guerra donde los miedos
y las obligaciones nos conducen muchas veces a un alto nivel de
frustración... si estamos cansados de enfrentar el encuentro sexual
como auténticas "Olimpiadas sexuales" donde la mayor preocupación
no consiste en distrutar sino en conseguir muchos orgasmos... entonces
podemos comenzar a cambiar todo esto.
Una buena idea podría ser comenzar por recuperar
lo perdido. Reaprender a vivir nuestro cuerpo como un aliado, la
caricia como algo valioso en sí mismo, sin prisas (no hay que apagar
ningún incendio), intentando mantenernos en contacto con nuestros
sentimientos y sensaciones; creando mayores espacios para el diálogo,
otra persona, ya que podemos ser tan distintos en cuanto a ritmos,
necesidades, preferencias...
Intentarlo es haber comenzado a conseguirlo. Y merece
la pena. Todos tenemos, mujeres y hombres, mucho que ganar con este
esfuerzo.
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Un cuento de pelusas
Por favor, tocáme
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