Prologo
Por
aquel entonces los enemigos del Alma eran el Mundo, el Demonio y
la Carne; lo decías tal cual y te librabas de un bofetón
o un palmetazo. Lo del Demonio estaba claro, que además de
los malos pensamientos te ponía “tropiezos de por fuera”,
que no había más que ver cómo llevábamos
las rodillas. Lo del Mundo ya era más complicado, con lo
de los “usos y dichos de los mundanos”, que éstas
son las horas en que sigo sin pillar yo el meollo del asunto. Pero
lo peor, con mucho, era lo de la Carne: lo mismo acababas vendiendo
cupones por las esquinas. Que es que la Carne provocaba “ímpetus
o turbaciones interiores que nos, ciegan”; y la manera de
evitarlo eran las asperezas –que ni idea-, y los ayunos, es
decir, ni probarla; que ya ves tú el problema, con los tiempos
que corrían, si acaso la de pollo en el cocido, y a mi el
pollo … Con esto de la Carne, parece ser, estaban relacionados
también el sexto y el noveno mandamientos de la Ley de Dios,
que eran dos pero eran cuatro, porque en un catecismo Ripalda que
había en mi casa ponía que eran no fornicar y no desear
la mujer del prójimo, y cuando lo dije en la escuela el maestro
me dijo que no y yo pues puse la mano para que me diera un palmetazo,
pero no me pegó, que todavía no he salido de mi asombro,
y me dijo que me tenía que comprar un catecismo nuevo, y
en ese ponía que eran no cometer actos impuros y no consentir
pensamientos ni deseos impuros, y ya no salían mujeres. Y
el Ruiz que era el que entendía de esas cosas me dijo que
fornicar era “hacer eso, ya sabes, eso” y yo pues bueno,
pues vale, que no iba a quedar por tonto. ¡Ah! Y la lujuria
era un pecado mortal, y si te morías en lujuria, no veas;
y un niño impuro se le licuó la médula y se
quedó tonto, con las manos así, para un lado. Y todo
era pecado y eras un pecado andante.
Esa
es toda la información que la Escuela proporcionó
a varias generaciones de españoles acerca de una dimensión
tan fundamental de la existencia humana. De aquellos polvos –no
hay segunda intención-, vinieron muchos lodos: el equívoco,
el engaño y el escamoteo de todo lo relacionado con el sexo
condujo a iniciaciones sórdidas y traumáticas, a la
propagación de enfermedades denominadas vergonzosas, a incomprensiones
e infelicidad entre las parejas, y a una vida desgraciada para homosexuales
y madres solteras, entre otros ejemplos. Y todavía hay quien
añora esos tiempos y se escandaliza ante impresos que con
tanto esfuerzo se han ido arañando. Porque tras el equívoco,
el engaño y el escamoteo no se oculta otra voluntad que la
de mantenernos en la servidumbre a la que conduce la ignorancia.
Tampoco
se me oculta a mí que éste es sólo un paso
en un largo camino y que queda mucho por desvelar. Y esa es una
tan legítima como irrenunciable exigencia de los chavales
que se convierte en palmaria obligación para quienes pueden
atenderla. No hay ninguna ciencia en ello: cuanto más sepamos
acerca de nosotros mismos y de los demás, más posibilidades
tendremos de ser libres y felices. Así de simple es la cosa.
Andrés
Sopeña Monsalve
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