| Las cuestiones referidas a la problemática
del Sexo-Género se han venido poniendo de candente
actualidad de unos años a esta parte en el Estado
Español. Tanto desde los núcleos de investigación,
en sus muy diferentes niveles, como desde los Medios de
Comunicación de Masas que han promovido foros de
debate en torno de estas cuestiones (aunque muchas veces
de manera típica y desafortunada), cada vez se
habla más de la crisis del Patriarcado, de la crisis
de los modelos masculinos, de la desorientación
que afecta hoy a muchos hombres, así como de las
nuevas mujeres que vienen "pisando fuerte" y de las aportaciones
que los nuevos feminismos plantean tanto teórica
como pragmáticamente a la lucha por un cambio social,
por la consecución de unas relaciones más
igualitarias y más justas (que no justicieras)
entre las personas de distinto sexo.
Con este artículo pretendo ofrecer
unos puntos para la reflexión que aporten a este
debate abierto y a este conflicto complejo y multiforme
en el que muchos hombres y mujeres nos encontramos implicados
e implicadas. Gran parte de lo que a continuación
voy a desarrollar ha nacido de lo que en los Grupos de
Hombres venimos compartiendo y elaborando en estos últimos
años. Espero que sea enriquecedor para muchos y
para muchas y que provoque respuestas creativas que ayuden
a la evolución del pensamiento y la acción
no sexista.
EL PATRIARCADO OPRIME POR IGUAL
A LOS HOMBRES Y A LAS MUJERES
Se ha hablado mucho de la opresión
que sufren las mujeres en el contexto social y cultural
occidental en el que vivimos inmersos e inmersas. Siguiendo
el discurso crítico de las mujeres, estas sociedades
occidentales han sido acertadamente calificadas como pertenecientes
a una "Cultura patriarcal", entendiendo por ello una organización
cultural donde los valores asociados a lo que se entiende
como "lo masculino", por una parte, se nos muestran como
importantes, valiosos y deseables.
Por tanto, se trata de los valores dominantes
culturales.
Por otra parte, los valores asociados a
lo que se entiende como "lo femenino" se nos muestran
como secundarios, menos importantes y, en consecuencia,
no tan deseables como los primeros. Por otra parte se
trata de una cultura opresiva, que divide y enfrenta a
las personas de muchas maneras. Una de ellas, a la que
hemos hecho alusión, sería el "Sexismo"
o discriminación de las personas por motivo de
su sexo; otra lo sería el "racismo"o discriminación
por motivo de la raza de pertenencia; otra el "heterosexismo"
caracterizado por la homofobia que discrimina a homosexuales
y lesbianas por motivo de la orientación del deseo
sexual; y otra, la expresión política más
característica y radical, sería "el fascismo",
caracterizado al igual que todos los anteriores "-ismos"
por la intolerancia a lo diferente y la estratificación
en ciudadanos y ciudadanas de primera, de segunda y de
tercera clase en función de su sexo, color de la
piel, religión, ideología política
u orientación del deseo sexual, entre otros muchos
aspectos que no he mencionado aquí y que configuran
las distintas caras del mismo fenómeno patriarcal
o cultura patriarcal que estamos intentando perfilar.
Por tanto, podemos decir que el Patriarcado potencia relaciones
de opresión y de poder entre las personas, dividiéndolas
en categorías y subgrupos sociales. Enfrenta a
los grupos de población, unos contra otros, como
forma de control y de imposición de los valores
considerados más importantes, mejores o "sagrados".
Como he apuntado antes, se ha hablado mucho
de la opresión que sufren las mujeres en este contexto
social y cultural occidental, que hemos calificado como
"patriarcal" y en el que vivimos inmersos e inmersas,
repito. Y esto es algo comprensible, puesto que quienes
han ejercido esta crítica han sido, fundamentalmente,
las mujeres. Al menos han desarrollado la parte crítica
correspondiente a la denuncia de las formas de opresión
social que sufren las mujeres por ser mujeres y que hemos
denominado "sexismo". Y esta es una parte importante de
la historia, muy importante. La otra parte la estamos
comenzando a escribir los hombres que, desde los grupos
de reflexión y toma de conciencia o "Grupos de
Hombres" nos venimos reuniendo desde los años setenta
(mediados de los ochenta en el Estado Español)
en una labor de reflexión crítica con respecto
a estas formas de opresión social y a los condicionantes
tanto culturales como educacionales a los que las personas
estamos sometidas desde el mismo momento de nuestro nacimiento
e incorporación social en una cultura que separa
y enfrenta a las personas en los dos sexos reconocidos
oficialmente: los hombres y las mujeres*
Es importante reflexionar acerca de cómo
esta estructura social y cultural en la que vivimos hombres
y mujeres nos está afectando a unos y a otras,
tanto en la vivencias de los niveles o espacios privados
de la vida como en los espacios públicos de la
misma. En caso contrario, estaríamos contando una
historia incompleta y, por lo tanto, injusta. Es hora
de que los hombres hablemos y denunciemos también
cómo esta estructura de poder que nos impregna
nos está oprimiendo como colectivo de hombres y
nos está dificultando, cuando no impidiendo, la
posibilidad de conseguir una vivencia plena de la vida,
al igual que a nuestras compañeras mujeres.
Y
esta es una parte importante de la historia. La otra
parte la estamos comenzando a escribir los hombres que,
desde los grupos de reflexión y toma de conciencia
o "Grupos de Hombres" nos venimos reuniendo desde los
años setenta (mediados de los ochenta en el Estado
Español) en una labor de reflexión crítica
con respecto a estas formas de opresión social.
Las críticas feministas a la opresión
patriarcal pecan en algunos casos, al igual que toda construcción
teórica que pretenda entender el mundo y el papel
de las personas en el mismo, de creencias míticas
en varios aspectos de su discurso. Y esto, más
que por una intención interesada en la explicación
de la realidad, que no pretendo siquiera sospechar, puede
ser debido a la falta de una parte importante de esa reflexión
que han realizado, casi en solitario, las propias mujeres:
la aportación de los hombres desde los propios
hombres, la reflexión de los hombres acerca de
los procesos y circunstancias en que estamos inmersos
y que nos impactan directamente a nosotros, precisamente
por ser hombres en una sociedad patriarcal y sexista.
También el sexismo incluye, no lo olvidemos, la
discriminación de los hombres en todos aquellos
aspectos en los que se nos impide nuestra realización
integral como personas por el hecho de ser hombres. Poniendo
un ejemplo muy simple: es sexismo que una mujer perciba
menor salario por realizar el mismo trabajo que un compañero
suyo que es hombre; y es sexismo que se designe, como
norma, la custodia de los hijos o hijas de un matrimonio
separado siempre a la mujer porque es mujer y se le supone
que "por naturaleza" se encuentra mejor capacitada para
educarlos y darles los cuidados que necesitan. Ambas situaciones
muestran ejemplos reales y actuales por los cuales hombres
y mujeres sufrimos una discriminación sexista bajo
la misma estructura sociocultural de tipo patriarcal.
El sexismo es un concepto que deberíamos utilizar
como un afilado instrumento o herramienta de denuncia
de las desigualdades e injusticias sociales entre hombres
y mujeres, pero de manera bidireccional: es decir, siempre
que a una persona, independientemente de su sexo biológico,
se le ejerza una discriminación por motivo de su
sexo, bien se trate de un hombre o bien se trate de una
mujer.
Uno de los aspectos míticos de
parte de algunos de los discursos feministas tienen su
base en la consideración de que la opresión
que sufren los hombres, en todo caso, es menos importante
que la opresión que sufren las mujeres. Partiendo
de la base aceptada de que existe una estructura social
que oprime tanto a las mujeres como a los hombres, se
pasa a afirmar que la opresión de las mujeres es
mayor, más importante, más violenta e intensa
que la que los hombres tienen que soportar por pertenecer
a la misma cultura patriarcal y sexista y por ser hombres.
Este discurso puede resultar muy resbaloso y suele provocar
el efecto contrario al deseado en las personas que lo
reciben. Además de chocar, habitualmente, con la
incomprensión de muchas personas, hombres y mujeres,
que no aceptan este concepto social victimista de la mujer.
Yo prefiero decir, más bien, que
la opresión cultural de las mujeres ha sido más
y mejor estudiada, analizada, comprendida y denunciada
que la opresión sexista que sufrimos los hombres.
Y he calificado este discurso de resbaloso, a mi entender,
puesto que con una tremenda simplicidad pasa de denunciar
la opresión de las mujeres a interpretar la existencia
de verdugos sociales que oprimen a estas mujeres y que,
tantas veces y con tanta simplicidad, repito, se ha encarnado
en la figura de los hombres como colectivo.
Puesto que las oprimidas son las mujeres,
los opresores serán, en consecuencia lógica, los
hombres. ¿Que hombres? ¿Todos los hombres
oprimen a todas las mujeres? ¿Todos los hombres
del mundo oprimen a todas las mujeres del mundo? ¿No
estaremos creando nuevos mitos, nuevos discursos míticos
donde "malos" y "buenas", a la manera de los cuentos morales
de antaño, intentan explicarnos la realidad?
Plantear un discurso supuestamente liberador
donde, de entrada, se subdivide al colectivo humano en
"mujeres oprimidas" y "hombres opresores" es hacer el
juego a la dinámica patriarcal que pretende enfrentar
a las personas, dividir a las personas y levantar muros
de incomprensión entre las personas o colectivos
de personas. Es crear enemigos ficticios donde pueden
no existir. Afinar este discurso y plantear que las mujeres
están más oprimidas que los hombres viene
a ser una versión actualizada de "más de
lo mismo". Una consecuencia grave que se deriva de este
discurso victimista es que impide identificar, entre otras
cosas, las alianzas reales existentes entre grupos de
hombres y grupos de mujeres que, hoy por hoy, nos encontramos
aportando a la luha por la transformación de las
relaciones personales y de las relaciones sociales hacia
una sociedad más igualitaria y más justa
y, en definitiva, menos sexista.
Quizás fuera más justo plantear
que, partiendo de una estructura social de opresión,
hombres y mujeres nos encontramos discriminados en aspectos
bien diferentes y diferenciados. Un somero análisis
de la realidad y circunstancias actuales del colectivo
de los hombres y del colectivo de las mujeres parece mostrarnos
que más que un planteamiento de tipo unidireccional
y cuantitativo, vivimos en una situación global
donde los perjuicios asociados al sexo tienen mucho más
de bidireccional y de cualitativo. En otras palabras,
las mujeres tienen mucho de qué quejarse y muchos
aspectos de su vida ligados a situaciones de discriminación
por motivo de sexo y que reivindicar, así como
los hombres tenemos también otros muchos aspectos
de nuestras vidas ligados a discriminación por
motivo de sexo y que reivindicar. Y por los que luchar
de cara a un beneficio común y compartido.
El final de este camino lo constituiría
una sociedad que muchos y muchas piensan utópica,
donde hombres y mujeres nos relacionaríamos desde
la igualdad de derechos y desde la posibilidad de potenciar
todos aquellos aspectos que, como personas que somos unos
y otras, traemos al mundo desde el mismo momento del nacimiento.
Queda mucho trecho por recorrer, eso es algo evidente.
Pero seguramente el camino será más llevadero
y avanzaremos más rápido si identificamos
las alianzas que tenemos disponibles y revisamos determinados
discursos combativos que hacen más daño
innecesario que aportar claves positivas de comprensión
y de actuación constructiva, que es lo que resulta
imprescindible.
Prefiero hablar de sexismo y del análisis
de las realidades de los hombres y de las mujeres que
de patriarcado y de planteamientos teórico-globales
que siguen la misma estructura de pensamiento clasificadora
de las personas e intentan la explicación del mundo,
en este caso de la opresión de las mujeres, buscando
verdugos. A nadie le gusta sentirse en el papel de verdugo
y a nadie le resulta constructivo sentirse en el papel
de víctima, máxime cuando no se corresponde
a la percepción de la realidad.
Este
discurso victimista es que impide identificar entre
otras cosas, las alianzas reales existentes entre grupos
de hombres y grupos de mujeres que, hoy por hoy, nos
encontramos aportando a la luha por la transformación
de las relaciones personales y de las relaciones sociales
hacia una sociedad más igualitaria y más
justa y, en definitiva, menos sexista.
La lectura patriarcal, aunque básicamente
acertada, corre el riesgo de dejarse llevar por una interpretación
de la realidad unidireccional : "las mujeres son oprimidas
por los hombres". La lectura sexista puede resultar más
válida tanto en cuanto facilita una interpretación
de la realidad bidireccional: mujeres y hombres padecemos
la opresión patriarcal. Al menos cierto número
de mujeres y hombres que pretendemos un cambio en las
relaciones de poder entre los sexos hacia una sociedad
más igualitaria y respetuosa frente a otro cierto
número de hombres y de mujeres que pretenden que
las cosas continúen de la misma manera. Si existe
una "barricada" (y yo entiendo que sí), quizás
se encuentre más cerca de este planteamiento que
acabo de mencionar.
*Existen culturas en que se reconoce
la existencia de tres sexos en vez de dos como en Occidente.
Culturas autóctonas del Norte de los actuales Estados
Unidos diferencian tres sexos: los hombres, las mujeres
y los berdajes, el tercer sexo. Los berdajes serían
hombres con atracción sexual hacia otros hombres,
atribuyéndoles por esta característica funciones
espirituales y de iniciación y educación
de los muchachos adolescentes de la tribu.
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