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En caso de ser buenas las pajas ¿Por qué nuestros
padres no nos dejan hacerlas?
Esta es una cuestión que debería
hacernos reflexionar como adultos, seamos padres o no. Desde
luego, hace evidente una contradicción que muchas
personas "adultas" soportan: el reconocimiento intelectual
de la inocuidad o incluso de la deseabilidad del autoerotismo
y la posterior reacción represiva visceral de la
misma ante una situación real. Lógicamente
esta contradicción se hace evidente donde la realidad
de convivencia entre adolescentes y adultos así lo
impone: en la familia y en los contextos educativos y escolares
donde los niños y adolescentes pasan tantas horas
de sus vidas. La respuesta a esta cuestión, en caso
de manifestar una realidad (el reconocimiento intelectual
del autoerotismo y su rechazo a un nivel visceral) sería
muy simple: todavía queda un buen trecho por andar
en la revisión y saneamiento de las actitudes sexuales
de los adultos. Adultos que hemos adquirido esas actitudes
sexuales en un contexto social y cultural tremendamente
represivo hacia la sexualidad y el placer sexual. Por tanto,
reconozcamos nuestras contradicciones personales como una
señal o indicador de lo que todavía nos queda
por recorrer. En este sentido, siempre he afirmado que no
solamente somos los padres los que educamos sexualmente
a nuestros hijos sino que también son los hijos los
que educan sexualmente a los padres. Al menos, deberíamos
intentar esta actitud recíproca: el dejarnos educar
sexalmente por ellos, en este intercambio generacional donde
nos ha tocado soportar, con toda probabilidad, la parte
más oscura y represiva del reparto.
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