| Parece
que ha nacido en Granada una nueva asociación, la Asociación
Pro Derechos de los Hijos de Separados , fundada por nueve padres
granadinos. Sus objetivos, según he leído en un periódico,
es luchar para que se otorgue la custodia compartida entre el padre
y la madre desde el momento en el que se produce la separación
o el divorcio. Algo muy sencillo, elemental. Pero una tarea imposible
en una coyuntura donde la imagen masculina -con todas sus luces
y sus sombras- está bastante erosionada, mal planteada, no
está de moda. Lo viril no goza en esta época de ninguna
clase de prestigio. Arrinconado en sus manifestaciones más
folclóricas como los estadios de fútbol o los gimnasios
de artes marciales, el mundo de lo masculino tiene que capear toneladas
de mala prensa y todas las zancadillas que una gigantesca constelación
de instituciones femeninas no se cansa de poner en el camino que
muchos hombres emprendieron hace décadas para, sin renunciar
a lo más valioso de su tradición de género
(masculino), esbozar una nueva identidad, construir otro espacio
simbólico y social en el que no sea obligatorio pedir perdón
por haber nacido hombre.
Los
hombres no son sólo padres, también son novios, maridos,
trabajadores, pescadores, guardias civiles, mineros, transeúntes,
personas. Y, como personas, los hombres -personas de género
masculino- hemos visto en los últimos tiempos cómo
se reducían drásticamente nuestros niveles de credibilidad
y la protección jurídica de nuestros derechos: todos
los hombre nos hemos convertido en presuntos acosadores, posibles
violadores, pederastas potenciales. Además, la impermeabilidad
-y el oportunismo- de los foros políticos a la hora de afrontar
con seriedad y rigor las cuestiones referidas a la identidad sexual
o de género, hacen muy difícil la elaboración
de un discurso masculino coherente y radical; un discurso que, naturalmente,
incluyera también un catálogo de reclamaciones urgentes.
Y una de ellas -no la principal- sería la de recordarle a
la sociedad que los niños necesitan un padre, que la sociedad
necesita padres. Y cuando digo padres no estoy pensando ni en el
padre de Kafka ni en los padres tronantes de la Biblia. Pero la
condición de padre -o padre divorciado- no es la única
circunstancia asimétrica que tienen que soportar algunos
hombres. Éste es sólo un aspecto parcial del problema.
Tal vez uno de los más dolorosos y destructivos, pero no
el más decisivo. Sin una sensata y libre reflexión
previa sobre la memoria social de lo viril, sin el sincero propósito
de una desapasionada recuperación del legado histórico
del género masculino, cualquier intento de reforma de los
marcos jurídicos o políticos no será viable.
Me comenta un amigo que la confrontación
de género en España le recuerda el conflicto vasco:
los sexistas de uno y otro signo -ya sean callejeros o institucionales-
impiden que los que honestamente defienden y practican la igualdad
de género no logren ninguna clase de influencia política
o ideológica. Iluminados por el sueño terrible de
que el otro no exista, o de que se resigne a ser un ciudadano de
segunda, ciertos fundamentalismos siembran un laberinto de mentiras.
Ya está bien. O basta ya. |