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Mariló Femenía. Edad: 29 años. Estado civil:
soltera (y madre). Residencia: Valencia. Trabajo o Actividad: prostituta.
Mariló Femenía se dedica a vender sexo desde que cumplió
los 18 años. Aunque tuvo una etapa en la que se dedicó
"a ser ocupa y a tocar la flauta por las calles". Pero
aquello duró hasta que se quedó embarazada. Entonces
volvió a la prostitución para poder afrontar el nacimiento
de su hija, "como nos pasa a todas". Igualito que su madre,
que ahora limpia los baños y hace las camas de los clubes
en los que antes retozaba con sus clientes.
Femenía ya lo ha visto todo. El antes: los años de
sus comienzos en el negocio. Y el después: todas las imágenes
de su madre trabajando, que quedaron en su memoria con la esponjosidad
de la infancia y la contundencia de la adolescencia. "Muchas
veces uno no vive lo que quiere, sino lo que le toca", dice
sin demasiada resignación. Hoy casi podría decir cómo
va a ser su vida. Pero su voluntad de luchar por los derechos de
las prostitutas ha cambiado sus perspectivas.
Sin embargo, la combinación de esas dos palabras, "derechos"
y "prostitutas", tiene dos lecturas completamente contrarias
y que centran un debate tan oculto u ocultado como controvertido,
que tiene como telón de fondo la posibilidad de regular la
prostitución en España, y que esta semana resurgía
con motivo de una polémica sentencia del Tribunal Superior
de Justicia de Andalucía (TSJA).
De un lado, los que consideran que las más de 300.000 mujeres
que se prostituyen en España (la mayoría extranjeras)
son "mujeres prostituidas" y explotadas porque ejercer
esa actividad es, de por sí, un atentado contra la dignidad
y los derechos humanos. Por tanto, "regular sus condiciones
laborales es legitimar una práctica de violencia contra las
mujeres". Ésta es la postura abolicionista que defiende
la Red de Organizaciones Feministas contra la Violencia de Género,
junto con otras 70 organizaciones de mujeres que insisten que hay
que criminalizar al cliente.
De otro lado, los que consideran que la prostitución no
tiene porqué ser una explotación, sino que precisamente
puede serlo gracias a la clandestinidad de esa actividad. Por eso
reivindican una regulación mediante el reconocimiento oficial
de los "trabajadores del sexo", que permita que éstos
tengan los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro trabajador.
Es decir, que estén dados de alta en l Seguridad Social,
por cuenta ajena o como autónomos, y puedan cotizar y así
tener derecho a prestaciones sociales como el desempleo, el permiso
de maternidad, las vacaciones, las bajas por enfermedad... Ésta
es la posición reglamentista que defienden las asociaciones
de prostitutas constituidas en los últimos años como
Hetaira, la Asociación de Mujeres que Ejercen la prostitución
(AMEP) o la Asociación Libre de Mujeres de Alterne (ALMA)
y la Federación de Mujeres Progresistas, entre otras.
Traducido en cifras, el negocio clandestino de la prostitución
mueve al año unos 18.000 millones de euros (dos billones
de pesetas), que si declarasen impuestos supondrían un ingreso
anual de 3.000 millones de euros en las arcas del Estado, según
los datos de la Asociación Nacional de Empresarios de Locales
de Alterne (ANELA).
La reciente sentencia del TSJA obliga a los dueños de un
local de alterne a dar de alta en la Seguridad Social como "camareras
de alterne" a 12 mujeres, por entender que existía una
relación laboral entre ellas y los propietarios del local.
La sentencia pone el dedo en la llaga y genera jurisprudencia en
la línea reglamentista, evidenciando un vacío legal.
Y plantea muchas cuestiones: ¿Cómo se puede dar de
alta en la Seguridad Social a unas mujeres como "camareras
de alterne" si tal epígrafe no existe? Ser "camarera
de alterne" en un club, registrado también como hotel
y en el que las chicas pueden alquilar habitaciones, ¿no
puede implicar que se esté ejerciendo allí también
la prostitución?; Si finalmente el dueño del local
las da de alta, ¿cuáles serían las condiciones
del trabajo? Y si además las chicas se prostituyeran, ¿no
podría ser acusado el dueño del local de incitar a
la prostitución (o hacerlo realmente) y, por tanto, de proxenetismo?,
actividad tipificada como delito en el Código Penal, independientemente
del consentimiento de la persona.
En opinión del magistrado Miguel Carmona, portavoz de Jueces
para la Democracia, "no sería ningún disparate
jurídico que la prostitutas pudieran cotizar a la Seguridad
Social como autónomas, pero el Derecho no puede favorecer
la venta del cuerpo, porque la experiencia nos revela que siempre
tiene algo de vejatorio. El Derecho no debe fomentar la mercantilización
de esa actividad desde un punto de vista moral".
Pero, "¿de qué moral?", se pregunta Cristina
Garaizabal, portavoz de la asociación Hetaira. "El problema,
cuando es la sexualidad lo que está en juego, es que el Estado
legisla queriendo imponer una moral, la dominante. Y es justamente
esa moral la que estigmatiza a las prostitutas y a su trabajo".
Según Garaizabal, debería empezarse por reconocer
"a los trabajadores del sexo" y arbitrar una serie de
reformas legales que permitiesen darles de alta como autónomos
y cotizar en función de una estimación de ingresos
como en otros muchos trabajos; o bien en régimen de asociación,
y que pudieran regentar sus propios negocios como otra empresa,
o bien en régimen asalariado. Esta última posibilidad
es la más controvertida porque significa legitimar la figura
del chulo, "pero delimitando sus exigencias mediante todas
las cláusulas necesarias", dicen. Además hay
que ofrecer alternativa para las que quieran dejarlo.
Los empresarios de locales de alterne barren para casa y defienden
la regulación laboral de las prostitutas, siempre que sean
autónomas y no sean ellos los que paguen su Seguridad Social,
lo que podría implicar tener contratadas a menos chicas por
ser menos rentable. "La profesión de prostituta sólo
puede ejercerse en libertad. Lo otro (trabajar por cuenta ajena)
sería legalizar el proxenetismo", dice su portavoz José
Luis Roberto.
Una comisión de investigación en el Senado recoge
todas las posturas para publicar, en breve, una conclusión
sobre la situación legal y social de la prostitución.
En medio de todos ellos las prostitutas se asocian para que se
oiga su voz.
Como la de Mª José Barrera (AMEP): "Estamos hartas
de que todo el mundo sepa lo que nos pasa, lo que nos hace falta
y lo que pensamos sin que nadie nos escuche".
Mucha ley y poca práctica
La prostitución dejó de ser "contraria a las
buenas costumbres" en Alemania el 1 de enero de 2002, cuando
entró en vigor una ley impulsada por el gobierno de socialdemócratas
y verdes. La normativa incluye la posibilidad de que las meretrices
se afilien a la Seguridad Social y acudan a los tribunales cuando
los clientes se nieguen a pagarles. En la práctica, sin embargo,
poco ha cambiado para las 400.000 prostitutas que trabajan en el
país. Además, más de la mitad de ellas -las
extranjeras sin permiso de trabajo- están excluidas de la
protección legal. Pero incluso las alemanas sólo se
han afiliado a la Seguridad Social en casos aislados. Los dueños
de los prostíbulos son reacios a formalizar contratos de
trabajo porque tendrían que pagar parte de las cotizaciones.
Y las mismas meretrices -también las que son autónomas-
prefieren no darse a conocer frente a las autoridades.
Contar con un contrato de trabajo y estar afiliado a la Seguridad
Social conlleva pagar impuestos, y muy pocas quieren hacerlo.
Tampoco ha sido muy eficaz el hecho de poder defenderse ante los
jueces del impago de sus servicios porque "los clientes casi
siempre pagan por adelantado", explica Stephanie Klee, prostituta
que preside la Asociación Federal de Servicios Sexuales,
creada tras la reforma legal.
La ley se ha quedado a medio camino y quedan detalles por regular.
Pero Klee cree que "es importante por reconocerle derechos
a las prostitutas".
El hilo rojo de Holanda
Holanda (16.000.000 de habitantes) legalizó los burdeles
en octubre de 2.000 en un intento de equiparar el negocio del sexo
a cualquier otra empresa y eliminar así la prostitución
de menores y la explotación de inmigrantes ilegales. La ley
obliga a las prostitutas, unas 30.000 en cifras oficiales, a darse
de alta como trabajadoras y a pagar impuestos. Por su parte, los
dueños de las casas públicas deben pedir un permiso
municipal de explotación, garantizar la seguridad e higiene
del local y tener a sus empleadas en regla. El tráfico de
personas o la prostitución forzada se penalizan hasta con
seis años de cárcel. Las trabas burocráticas
han provocado que algunos burdeles hallan cerrado, al no obtener
el sello oficial.
Según un informe del Ministerio de Justicia en 2.002, la
desidia administrativa ha entorpecido la mejora de la situación
de las prostitutas. Una visión compartida a medias por El
Hilo Rojo, el sindicato del colectivo: "legalizar los burdeles
supuso una gran oportunidad para modificar nuestra situación
laboral y la emancipación que ello conlleva. Hay que entender
que el proceso es lento", señala una portavoz. Los críticos
de la norma aducen que la trasparencia en los burdeles ha trasladado
a los menores sin papeles a regiones apartadas más difíciles
de supervisar. Pero, para El Hilo Rojo, el problema de los ilegales
de toda clase es del Ministerio de Exteriores, y no iba a mejorar
con una norma sobre burdeles.
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