|
1. Feminismo y prostitución
Hablar de feminismo y prostitución es hablar de dos realidades
conflictivas. No tanto porque el feminismo esté reñido
con esta realidad, sino porque en general, las prostitutas se han
visto poco acogidas por las feministas.
Las prostitutas se sentían censuradas por las feministas
y a la inversa, las feministas sentían que la sola existencia
de la prostitución era un agravio para todas las mujeres.
¿A qué ha sido debido este malentendido? Por un
lado las prostitutas pretendían que apoyáramos sus
reivindicaciones como prostitutas. Por otro, a las feministas, apoyar
a las prostitutas en sus reivindicaciones nos parecía que
era apuntalar la ideología patriarcal, al aceptar la existencia
de la prostitución sin cuestionamiento. Poníamos como
condición "sine qua non" para nuestro apoyo, el
NO A LA PROSTITUCION. Desde estas posiciones era difícil
un acercamiento pues, de manera implícita, criticábamos
a las prostitutas por el hecho de serlo y nos hacíamos eco
de la consideración generalizada de que ése es el
peor oficio que una mujer puede desempañar, y no sólo
por las condiciones en las que se desarrolla, sino por lo que significa
para las mujeres en general que unas cuantas vendan su cuerpo y,
particularmente, a través del sexo.
En esta situación confluían múltiples elementos:
- Por nuestra parte desconocíamos la realidad de las prostitutas
(así como muchas otras situaciones por las que pasaban
las mujeres) y teníamos cierta tendencia a hablar de generalidades
sin escuchar a quienes están viviendo esas situaciones
- La consideración de la sexualidad como algo "sagrado",
como algo que compromete más que cualquier otro tipo de
actividad. Una opinión tan buena o mala como cualquier
otra, pero en absoluto generalizable.
- La idea de las prostitutas como "víctimas"
por excelencia
- El juicio de que esta actividad comporta indignidad: valoración
moral de quiénes las ejercen
- Las prostitutas, por su parte, se sentían cuestionadas
y juzgadas por nosotras, lo que les llevaba a victimizarse o bien
a evitar el contacto con las feministas.
Cuando creamos Hetaira, nuestra finalidad no era tanto hacer actividades
para las prostitutas sino crear junto con ellas una organización,
un espacio de intercambio entre mujeres, donde pudiéramos
cuestionar el estigma que pesa sobre ellas.
Posibilitar, cuidar y alimentar esta alianza entre mujeres nos
parece lo fundamental de nuestro trabajo. Y nos lo parece así
porque para nosotras luchar contra el estigma que tienen las prostitutas
es cuestionar uno de los pilares de la ideología patriarcal:
la idea de que existen "buenas" y "malas" mujeres.
Una idea que, pese a todos los cambios que se han producido en este
terreno, nos divide y cataloga a las mujeres en función de
nuestra sexualidad. Socialmente se espera de las mujeres que seamos
las controladoras de nuestro deseo y del deseo sexual masculino,
que seamos recatadas sexualmente, no promiscuas... En definitiva,
que tengamos una sexualidad mucho menos explícita que la
de los hombres. Si cumplimos con este mandato, en materia sexual,
se nos considera "buenas". Si, por el contrario, nos lo
saltamos y exigimos el derecho a auto-determinarnos sexualmente,
a hacer con nuestra sexualidad lo que nos plazca, sin someternos
a lo que se espera de nosotras, somos "malas ". En el
modelo sexual que se nos propone socialmente, las prostitutas aparecen
y representan a las "otras", las que no son buenas, las
que condensan en sí todo lo prohibido, lo que no pueden hacer
las mujeres "buenas".
Pero ¿por qué se considera "malas mujeres"
a las prostitutas? Porque:
- son "sexuales", manifiestan la sexualidad abiertamente
e incitan a los hombres
- son independientes económicamente: cobran por lo que
hacen y son ellas las que ponen el precio
- pueden tener capacidad de negociar tanto el tipo de servicio
como el precio
- son transgresoras: rechazo de las normas
¿Qué es lo que se castiga de las prostitutas?
Se diría que más que por mantener relaciones sexuales
lo que se castiga es que cobren por ello. Se supone que las mujeres
están siempre dispuestas y "encantadas" cuando
un hombre las reclama sexualmente ("hacer un favor"),
con lo cual, en el disfrute está la recompensa. No se tolera
que la recompensa sea abiertamente económica, más
cuando esta recompensa económica no es como favor por parte
de los hombres (diferencia con las amantes) sino algo fijado de
antemano por la prostituta: "Si quieres una relación
sexual, paga" (con lo que significa de poder para ellas ser
las que deciden el precio).
La estigmatización de las putas es un elemento fundamental
de la ideología patriarcal, es un instrumento de control
para que las mujeres nos atengamos a los estrechos límites
que aún hoy, encorsetan la sexualidad femenina. Las putas
representan todo aquello que una mujer "decente" no debe
hacer. Su criminalización sirve para escarmentar en cabeza
ajena,
En el imaginario colectivo la puta representa lo prohibido.
En el de las mujeres, parece que simboliza el límite
que no podemos traspasar a riesgo de autoconsiderarnos indignas.
Pero ¿cuántas de nosotras no ha fantaseado con ser
una puta, con hacer, precisamente todo aquello que está prohibido?
La transgresión de lo prohibido suele ser un acicate importante
del deseo sexual.
Parece que podemos acercarnos a las putas si las imaginamos indefensas,
pobres víctimas de la situación o de la maldad de
los hombres pero ¿qué pasa cuando las vemos autoafirmadas
y orgullosas de lo que hacen? ¿por qué nos ataca tanto
la imagen de la puta sin complejos, que se autoafirma en ello?
Desde una perspectiva feminista, nos parece fundamental acabar
con la etiqueta de "malas mujeres" ligada al comportamiento
sexual. Y a pesar de que una de las consignas del movimiento feminista
ha sido la de "somos malas, podemos ser peores" a estas
alturas no tenemos claro si hemos sido conscientes de lo que significa
y si realmente lo tenemos asumido. Uno de los objetivos fundamentales
de nuestro trabajo en Hetaira es cuestionar y acabar con la etiqueta
de "malas" y el estigma que esta etiqueta lleva aparejado,
cuya expresión por excelencia son las prostitutas.
Pero tenemos que ser conscientes de que este estigma no afecta
solo a las putas, sino que recae también sobre las lesbianas,
las promiscuas, las transexuales, las que les gusta el sado-masoquismo
consensuado... es decir, sobre todas áquellas que se atreven
a desafiar los mandatos sexuales que aún hoy, a pesar de
todos los avances, siguen rigiendo para las mujeres, y algunos también
para los hombres. Un estigma, además, que pende cual espada
de Damócles sobre todas. No en vano aún es muy mayoritario
llamar "puta", de manera insultante, a aquellas mujeres
que manifiestan comportamientos sexuales "incorrectos"
desde el punto de vista de la moral dominante o que simplemente
se atreven a desafiar la situación de subordinación
en la que nos encontramos (de hecho, en los primeros momentos del
movimiento feminista, había gente que consideraba que las
feministas éramos todas unas putas)
2. Nuestros planteamientos teóricos
Los planteamientos que subyacen a nuestro trabajo feminista tienen
que ver con las polémicas que se han dado sobre este tema
dentro del feminismo. Creo que todas partimos de una preocupación
común: luchar contra la situación discriminatoria
que sufren las mujeres que ejercen la prostitución, en la
perspectiva de incorporar esta problemática a las preocupaciones
feministas y crear así un movimiento fuerte. Ahora bien en
la forma de abordar el tema se han ido consolidando dos posiciones
que, en estos momentos, difieren en aspectos fundamentales.
Por un lado quienes consideran que la prostitución es una
forma privilegiada de ejercicio del poder patriarcal y que es una
forma de esclavitud sexual para las mujeres, en
las que éstas sólo pueden ser víctimas
o cómplices de los hombres. No diferencian entre
prostitución forzada y por decisión propia, pues una
situación de esclavitud nunca puede ser voluntaria. En consecuencia,
las prostitutas son vistas siempre como las víctimas por
excelencia y el ejercicio de la prostitución como algo degradante
e indigno en sí mismo. Para ellas la alternativa es la abolición
de la prostitución y la reinserción
de las prostitutas independientemente de lo que éstas quieran,
o dicho de otro modo, dando por sentado que esto es lo que quieren
todas ellas.
Por otro lado estamos quienes consideramos que la prostitución
es un trabajo, una actividad que puede ejercerse
de maneras muy diferentes. Pensamos que es importante diferenciar
quienes lo hacen obligadas por terceros y quienes
lo hacen por decisión individual aunque
obviamente condicionada por las situaciones personales, como todo
lo que hacemos en la vida. Para nosotras la existencia de la prostitución
tiene que ver no sólo con la situación de desigualdad
de las mujeres en relación a los hombres sino también
con la pobreza, con las desigualdades norte/sur, con las sociedades
mercantiles, etc. Concebimos a las prostitutas con toda su dignidad
y con capacidad para decidir sobre sí mismas y sobre sus
condiciones de vida, aunque a veces lo tengan difícil. Son
trabajadoras a las que se les debería de
reconocer los mismos derechos que tienen el resto
de trabajadores. Consecuentemente nuestra alternativa pasa por descriminalizar
la prostitución regulando las relaciones comerciales cuando
implican a terceros y reconocerles sus derechos como trabajadoras.
Siendo fundamental que cualquier política que se desarrolle
en este terreno cuente con la voz de las propias prostitutas.
3. Prostitución e inmigración
Existe el tráfico internacional de personas,
fundamentalmente mujeres, destinado a mantenerlas en situaciones
asimilables a la esclavitud: personas que ni siquiera tienen la
oportunidad de abandonar su lugar de trabajo o residencia, aunque
sea para mendigar, para buscarse la vida en la calle, aún
a riesgo de morir, pero en libertad. Este tráfico está
dirigido a un mercado de trabajo clandestino que abarca todo tipo
de actividades. Y no deje de ser preocupante que cuando se habla
de ello sólo se piense en el que va dirigido a la prostitución.
Existen mafias que obligan a mujeres, niños y niñas
a prostituirse, en régimen de esclavitud. Las fuerzan
y obligan a trabajar bajo amenazas y chantajes, las mantienen encerradas,
sacándolas sólo para prostituirse bajo una estrecha
vigilancia, las maltratan si no hacen lo que se les ordena, no tienen
libertad para moverse ni para escoger la clientela o los actos sexuales
que venden... Su situación la podemos comparar con la de
los esclavos. Y, no nos engañemos, en el mantenimiento de
esta realidad tan dramática e injusta están implicados
gobiernos, instituciones públicas y gente poderosa.
Esta realidad es intolerable y debe ser perseguida con muchos
más medios y más ahínco de los que se emplean
en la actualidad. Es fundamental desenmascarar a los verdaderos
culpables, no basta con penalizar a clientes y proxenetas de poca
monta. Si este tráfico de mujeres, niños y niñas
se da y crece cada día es porque existen poderosos intereses
económicos y políticos que lo permiten y facilitan.
También en los últimos años estamos asistiendo
a un aumento considerable de la inmigración
a nuestro país. Los inmigrantes en nuestro país se
han convertido en mano de obra barata y sobreexplotada. Entre las
posibilidades de trabajo que la gente inmigrante encuentra en nuestro
país está, también, la prostitución.
Las personas que vienen a trabajar en la industria del sexo son
diversas y aunque fundamentalmente sean mujeres -transexuales algunas-,
también vienen hombres y son personas de toda clase, de diferentes
edades, niveles culturales, etnias, países, costumbres...
La mayoría de ellas saben a lo que vienen aunque no tengan
muy claras las condiciones en las que van a desarrollar su trabajo
ni cómo van a vivir aquí. Pero sólo una minoría
viene engañada.
Una pequeña parte de este flujo migratorio entra en nuestro
país en condiciones de legalidad. Dadas las condiciones restrictivas
que impone la Ley de Extranjería para regular la entrada
y el acceso a la ciudadanía de las personas extranjeras (especialmente
de aquellas que vienen de los países del llamado tercer mundo)
la mayoría de inmigrantes entran en el país de manera
ilegal, intentando burlar los obstáculos de todo
tipo que ponen los gobiernos europeos, incluído el español,
a la inmigración.
Ante esta situación parece evidente que, la mayoría
de las veces, no van a conseguir entrar de manera individual sino
que tienen que recurrir a otros para conseguirlo. En ocasiones son
familiares que ya están aquí los que les facilitan
el viaje; en otros casos, de manera excepcional, es gente solidaria
que les ayuda desinteresadamente. Pero la mayoría de las
veces recurren a gentes que lo hacen a cambio de dinero.
Es la ley de la oferta y de la demanda, sagrada
en las sociedades capitalistas, la que posibilita que esto se dé.
Con frecuencia las cantidades que pagan por entrar aquí son
abusivas y les endeudan durante una larga temporada. Son muchos
los que se aprovechan de esta situación.
Pero, a no ser que consideremos mafiosos a banqueros, patronos,
mercaderes y tanta gente que se aprovecha de las necesidades de
las personas para acumular dinero, es conveniente distinguir
entre lo que son las redes que posibilitan la entrada
ilegal de emigrantes de lo que son las mafias.
El término mafia se refiere a aquellas
estructuras organizadas que extorsionan a las personas, mediante
chantaje, coacción y violencia, para obligarles
a hacer algo en contra de su voluntad. Y esto, aunque se da en algunos
casos, no puede hacerse extensible a la forma como mayoritariamente
entran los inmigrantes en nuestro país.
4. La prostitución no es
sinónimo de esclavitud sexual
Cuando se habla de tráfico de mujeres, niños y niñas
se habla fundamentalmente de aquellas mujeres que llegan aquí
para ejercer la prostitución, sin diferenciar entre
quien viene por decisión propia a ello y quién ha
venido engañada y chantajeada. Asímismo,
tampoco se especifica al tratar este tema las diferentes condiciones
en las que se puede ejercer la prostitución o trabajar en
la industria del sexo. De manera que la mayoría de las veces
se habla indistintamente tanto de tráfico de mujeres como
de la esclavitud sexual, presuponiendo que todas las inmigrantes
han sido traídas aquí, de manera engañada,
para trabajar como prostitutas en unas condiciones de esclavitud.
Por el contrario, la mayoría de mujeres inmigrantes que
vemos ejerciendo la prostitución callejera o las que lo hacen
en muchos locales que hay en las ciudades, presentan una realidad
muy diferente. Han venido, en la mayoría de los casos, sabiendo
a lo que venían, a través de redes que les han facilitado
el viaje y la entrada, aunque hayan tenido que pagar cantidades
desorbitadas por ello. Ejercen la prostitución como forma
de sobrevivencia económica. Ellas lo consideran un trabajo,
una actividad que les da un dinero para vivir aquí e incluso
para enviar una parte a su país. En la mayoría de
los casos, es un modo de vivir duro, que cuesta esfuerzo y supone,
demasiadas veces, aguantar penalidades varias.
Pero, a pesar de estos sufrimientos, muchas prefieren seguir ejerciendo
la prostitución a trabajar en otra actividad y no digamos
ya a volver a su país. Entre otros motivos porque saben que,
tal y como está la situación económica y el
mercado laboral especialmente para las mujeres, las posibilidades
de encontrar otro trabajo no son muchas. Incluso, al no tener muchas
de ellas legalizada su situación aquí, no les parece
que corran más riesgos en la prostitución (dada la
alegalidad que la rodea) que en cualquier otro trabajo.
La mayoría decide dedicarse a la prostitución
(o a la industria del sexo) porque ganan más y no tienen
que estar aguantando a nadie que les diga lo que tienen que hacer.
La prostitución les permite una independencia económica
y una libertad de la que no gozarían con
los otros trabajos a los que podrían acceder en su situación.
Obviamente, esta decisión está condicionada,
como todas las decisiones que los seres humanos tomamos en la vida,
por múltiples factores sociales, culturales y personales.
No voy a entrar aquí en juzgar ni tan siquiera nombrar las
múltiples motivaciones que pueden llevar a alguien a prostituirse.
Creo que éstas son muy variadas y ciertamente las fundamentales
son de orden económico, de sobrevivencia. Pero incluso creemos
que dentro de las diferentes formas de trabajar en el comercio sexual
(prostitución de calle o en lugares cerrados, sex-shops,
saunas, industria pornográfica....) no es cierto que siempre
las inmigrantes estén en el escalón más bajo.
Por el contrario, se mueven a todos los niveles y el comercio sexual
les ofrece distintas oportunidades que de otra forma no tendrían,
ya que muchas de ellas gozan de un nivel cultural alto, como demuestran
algunos estudios sobre la industria del sexo (Laura Agustin).
Por mucho que nos parezca un trabajo bastante duro, poco gratificante
e incluso terrible para muchas personas, sobre todo mujeres, creemos
que es necesario respetar la decisión de quien no
desea abandonar la prostitución. Si dejamos de lado
las valoraciones morales que cada cual tenga sobre la sexualidad
y el sexo, nos podemos dar cuenta de que hay muchos trabajos míseros
y que causan daños irreparables en la salud (minería,
por ejemplo) sin que dejemos por ello de plantearnos la necesidad
de que se realicen en las mejores condiciones posible, mientras
no sea posible acabar con ellos. Y desde luego a nadie se le ocurre
pensar en que se decrete su abolición y que las personas
que trabajan en ellos deban ser reinsertadas socialmente.
Para nosotras no es conveniente hablar de prostitución
como sinónimo de esclavitud sexual. Si no
tenemos en cuenta las decisiones que toman las prostitutas, si las
victimizamos pensando que siempre ejercen de manera
obligada y forzada; si consideramos que son personas sin capacidad
de decisión... todo ello implica no romper con la idea patriarcal
de que las mujeres somos seres débiles e indefensos, necesitados
de protección y tutelaje. Además, la experiencia demuestra
que la puesta en práctica de políticas abolicionistas
profundiza el abismo entre las prostitutas y el resto de la sociedad
aumentando el estigma, la exclusión y la marginación
social que muchas padecen.
Desde una perspectiva feminista creemos que no se trata tanto
de discutir sobre porcentajes de prostitutas que ejercen de una
u otra manera. De lo que se trata es de dotarnos de un marco teórico
que nos permita hacer análisis que sirvan para el empoderamiento
de las prostitutas, para que éstas se sientan cada
vez más como sujetos de su propia vida y con derecho a mejorar
las condiciones en las que se desarrolla su trabajo.
5. Sobre proxenetas y clientes
Para nosotras al principio y hoy en día aún, para
muchas feministas, los proxenetas, al igual que los clientes, han
sido siempre el caballo de batalla contra el que siempre nos hemos
manifestado, pensando que las leyes contra éstos favorecen
los intereses de las prostitutas.
En nuestro trabajo feminista con prostitutas nos hemos dado cuenta
que estas ideas no responden al sentir de las prostitutas y las
discusiones con ellas nos han hecho ver algunas cosas que queremos
trasladaros pues creemos que son temas complicados, que merecen
que les dediquemos algo de atención, antes de pronunciarnos
en contra.
En relación a los proxenetas nos preocupa especialmente
la idea, que se manifiesta frecuentemente, de que detrás
de una prostituta siempre hay un proxeneta. Entre otros
factores porque ellas reaccionan con enfado ante esto diciéndonos
que no se corresponde con la realidad y eso nos obliga a cuestionarnos
qué refleja esta aseveración. Así, dándole
vueltas se diría que esta afirmación resulta insultante
para ellas porque parte de presuponer que las prostitutas son mujeres
totalmente dependientes de los hombres y que se dejan comer el coco
fácilmente para realizar una actividad que no quieren. Pero
la realidad es bastante más compleja y variopinta y no parece
que victimizándolas consigamos ver y apoyar las estrategias
que utilizan para autoafirmarse y sobrevivir en una realidad bastante
dura. Además, las leyes en contra del proxenetismo no cuentan
con la simpatía de las prostitutas.
La figura del proxeneta se define legalmente
por el aprovechamiento económico. Pero,
bajo esta figura se esconden realidades muy diferentes: los compañeros
sentimentales que pueden estar en paro, los hijos que estudian gracias
al dinero que la madre obtiene con la prostitución, la prostituta,
ya vieja, que cuida de los hijos pequeños y recibe un dinero
por ello, los que venden café o tabaco a las que se mueren
de frío ejerciendo en la calle, los empresarios y dueños
de bares, saunas o clubs y obviamente las mafias de prostitución
forzada. Como se puede entender estas realidades tan diferentes
no pueden ser tratadas bajo la misma figura penal.
Meter en prisión a compañeros, maridos o amantes
porque muchas mujeres soporten situaciones que, desde fuera, nos
parezcan intolerables, si no hay violencia, no es la solución.
Cuando media una relación afectiva, con
las dependencias que implica y el fantasma de la
soledad rondando siempre hay que hilar más
fino. Siempre hemos defendido que, en esos casos, es necesaria la
autoafirmación de las mujeres para que no aguanten lo que
consideran que no deben aguantar. Y creemos que ese baremo es válido
para todas las mujeres, las prostitutas y las que
no se dedican a la prostitución. Tratar a estos compañeros
sentimentales como proxenetas implica ponérselo más
dificil y exigir más que al resto de las mujeres precisamente
a aquéllas que, por el trabajo que realizan y por el estigma
social que sufren, sienten más la soledad afectiva y tienen
más dificultades para establecer relaciones amorosas satisfactorias
En cuanto a los clientes nos preocupa especialmente
la idea, bastante generalizada de que quien paga domina
y esclaviza. Si escuchamos lo que dicen la prostis de los
clientes parece que entre éstos existe una gran variedad
de comportamientos y actitudes a la hora de dirigirse hacia ellas.
Ciertamente nos podemos encontrar con algunos que acuden en plan
prepotente y dominante, pero al calor de sus testimonios, son los
menos. La mayoría demuestra otra actitud.
Pero nos gustaría aprovechar este marco para reflexionar
sobre las ideas que subyacen detrás de estas aseveraciones.
Nosotras pensamos que, además del desconocimiento de la realidad,
existe un prejuicio muy fuerte en contra de los hombres y particularmente
cuando se habla de temas relacionados con la sexualidad. Se puede
decir que la prostitución, como institución, está
mayoritariamente al servicio de los hombres, pero eso no implica
que los hombres en concreto que la utilizan lo hagan siempre de
manera prepotente y agresiva. Por eso somos contrarias a medidas
como las aprobadas en Suecia que penalizan a los clientes y proxenetas.
6. El reconocimiento de derechos
Desde nuestro punto de vista las posiciones abolicionistas,
por impracticables e impositivas, son las que más favorecen
a las mafias, pues, como se ha demostrado también en otros
asuntos, son precisamente las condiciones de clandestinidad y de
falta de derechos reconocidos, las que favorecen que los poderosos
campen por sus respetos y los sectores más desfavorecidos
(en este caso las mujeres y niñas) queden totalmente desprotegidos
frente a los abusos y la sobre-explotación.
Tampoco estamos de acuerdo con las políticas reglamentaristas
que tienen como objetivo fundamental controlar y ordenar
la prostitución según los intereses estatales.
Nos guste o no, la prostitución es una realidad que forma
parte de nuestras sociedades y que no parece que vaya a desaparecer
a corto plazo. No tener esto en cuenta es taparse los ojos ante
la realidad y significa no actuar sobre ella, ni modificarla un
ápice.
El feminismo siempre ha defendido la autonomía de
las mujeres y su empoderamiento para poder
luchar contra las diferentes formas de opresión y discriminación
que sufrimos. Siempre hemos dicho también, lo hartas que
estamos de tutelajes de todo tipo y de ser consideradas
seres indefensos y ciudadanas de segunda categoría.
En los debates sobre prostitución, estas premisas también
deben de estar presentes. No se trata sólo de ver qué
número de mujeres ejerce en condiciones de esclavitud y cuántas
como opción personal. El conocimiento de la realidad es importante
y ésta nos demuestra que hay de todo, que la prostitución
es una realidad diversa y que diversas son las condiciones de trabajo
y las vivencias de las prostitutas. Pero, más importante
aún es saber qué hacer para cambiar esto y
qué mensajes lanzamos en primer lugar a las prostitutas y
también al resto de la sociedad.
Sabemos que las que trabajan por opción propia sufren también
abusos económicos y sexuales, menosprecio y discriminación.
Luchar contra esto exige aumentar su conciencia, su auto-estima,
y su seguridad personal. Para ello es imprescindible reconocer su
oficio y hablar de profesionalidad. Como Carla
Corso manifiesta en su autobiografía Retrato
de Intensos Colores "si trabajas como prostituta
desde hace veinte años, para tí es un trabajo. Por
lo tanto no importa de qué forma se quiera considerar este
trabajo, para bien o para mal; si no quieres que te engañen,
tienes que aprender bien las reglas, las artimañas, las estrategias,
los trucos, las estratagemas o las técnicas más sofisticadas....
El verdadero salto a la profesionalidad se da cuando aprendes, claramente,
cuáles son las relaciones que estás dispuesta a mantener,
es decir, lo que quieres dar al cliente. Y siempre es lo menos posible,
pero nunca es igual de una prostituta a otra. Profesionalidad quiere
decir poner un límite muy preciso al tipo de relación
que quieres tener."
Si pretendemos hacer del feminismo un instrumento que sirva para
que mujeres de diferentes situaciones puedan luchar contra las discriminaciones
específicas que sufren, y del movimiento feminista un lugar
de confluencia y debate que aúna esta diversidad, no podemos
seguir considerando a las prostitutas sujetos pasivos y alienados,
planteando que sólo dejar de ejercer es lo consecuentemente
feminista. Por el contrario, darles voz y protagonismo reflexionando
conjuntamente con ellas y atreviéndonos a ser consideradas,
también nosotras "malas mujeres" parece que puede
ser un camino más apropiado para buscar soluciones y mejoras
en este terreno. Las diferentes propuestas feministas no son, hoy
por hoy, más que propuestas. Hasta que las afectadas las
hagan suyas y las pongan en práctica es imposible de saber
cuáles son más certadas o menos.
Por la experiencia de otros países estamos convencidas de
que las leyes específicas contra el tráfico
de mujeres no sirven para mejorar las condiciones de vida
y de trabajo de millones de mujeres que se ven forzadas a emigrar
para trabajar en lo que sea, sino que son utilizadas, la mayoría
de las veces para expulsar a las mujeres que han
entrado de forma ilegal. Siendo la prostitución un trabajo
estas mujeres, en la medida que tienen trabajo podrían ser
legales. Pero mucho nos tememos, al calor de lo que está
pasando, que estas leyes, en última instancia sirven, fundamentalmente
para criminalizar la prostitución y la inmigración.
La utilización de abstracciones teóricas como
"tráfico de mujeres" "violencia de género"
o "esclavitud sexual" tienen grandes
resonancias emocionales pero son poco explicativas de las situaciones
complicadas y complejas de las personas que pasan por ellas. Para
actuar sobre la realidad es necesario diferenciar bien las situaciones
que queremos mejorar y propopner medidas específicas para
cada caso. Este tipo de abstracciones ocultan, además, las
vivencias y las tácticas que utilizan las mujeres para vivir
y luchar por su autonomía. Incluso en las situaciones más
lamentables y dramáticas, las personas tenemos un margen
de actuación y de decisión propia. El feminismo debe
apostar por ampliar este margen de decisión y autonomía
y eso no es posible desde la victimización.
La prostitución plantea un reto al feminismo:
ser capaz de promover el orgullo entre las prostitutas
y, a la vez, aspirar a una sociedad en la que las relaciones
sexuales y sociales, en general, no estén mercantilizadas.
Es un reto difícil, sin duda, pero también apasionante,
pues solventarlo bien tiene repercusiones no sólo para las
prostitutas sino también para la libertad sexual de todas
las mujeres, independientemente del trabajo o la situación
social que tengamos cada una de nosotras.
Críticas a algunas medidas que se están tomando
contra el tráfico de mujeres
Nos parece intolerable e injusto las medidas adoptadas en algunos
países europeos y discutidas en la Comisión
Europea de otorgar un permiso de residencia temporal de
3 meses a aquellas personas que denuncien las mafias "para
testificar en los juicios contra éstas" sin plantearse
la posibilidad de que las mujeres inmigrantes detenidas en las redadas
contra las mafias puedan optar por quedarse en el país para
trabajar en otro trabajo o seguir en la prostitución en mejores
condiciones.
Asímismo nos parecen inaceptables las medidas que figuran
en el III Plan para la Igualdad de Oportunidades
que se pronuncia en el mismo sentido y cuya preocupación
fundamental parece ser la de castigar a los culpables y "rehabilitar"
a las prostitutas, sin darles más opciones que la vuelta
a su país de origen.
Aún más inaceptable nos parece que se recurra al
tratado de NNUU firmado por el gobierno franquista en el
año 49 y que considera condenable moralmente
todo lo que rodea la prostitución. Una resolución,
que desde nuestro punto de vista impide el reconocimiento de ésta
como una actividad lícita, así como el reconocimiento
de derechos para quien trabaja en ella.
Por el contrario nos parece imprescindible el reconocimiento
legal de la prostitución como trabajo, pues esta
es la única manera de separarla del mundo del delito. La
forma concreta de este reconocimiento debe contar con las prostitutas
y debe tener siempre presente la defensa de sus intereses pues son
ellas la parte más desfavorecida en este trabajo.
Otro aspecto muy importante: no nos parece necesario que exista
una legislación especial para defender a las prostitutas
de los abusos o las agresiones que puedan sufrir. Creemos que con
la legislación actual es suficiente. Es más nos preocupa
especialmente la última reforma que se ha hecho del Código
Penal en su Título VIII que introduce un nuevo apartado en
el artículo 188 que se refiere esplícitamente al tráfico
de personas con fines de explotación sexual. Este artículo,
como recordaran ustedes, penaliza a "quien directa o indirectamente
favorezca la entrada, estancia o salida del territorio nacional
de personas, con el propósito de su explotación sexual
empleando violencia, intimidación o engaño, o abusando
de una situación de superioridad o de necesidad o vulnerabilidad
de la víctima".
- Para quien obliga a otra persona a prostituirse ya está
el C.P. que lo tipifica como delito.
- Igualmente, los abusos o agresiones físicas, psíquicas
o sexuales ya existen en el C.P. otros artículos que permite
su denuncia y castigo.
- Para los abusos económicos y las malas situaciones de
trabajo son necesarias leyes laborales que defiendan los derechos
de las trabajadoras del sexo.
- Meter en prisión a compañeros, maridos o amantes
porque muchas mujeres soporten situaciones que, desde fuera, nos
parezcan intolerables, si no hay violencia, no es la solución.
Cuando media una relación afectiva, con las dependencias
que implica y el fantasma de la soledad rondando siempre hay que
hilar más fino. Siempre hemos defendido que, en esos casos,
es necesaria la autoafirmación de las mujeres para que
no aguanten lo que consideran que no deben aguantar. Y creemos
que ese baremo es válido para todas las
mujeres, las prostitutas y las que no se dedican a la prostitución.
Tratar a estos compañeros sentimentales como proxenetas
implica ponérselo más dificil y exigir más
que al resto de las mujeres precisamente a aquéllas que,
por el trabajo que realizan y por el estigma social que sufren,
sienten más la soledad afectiva y tienen más dificultades
para establecer relaciones amorosas satisfactorias
Nuestra intervención feminista
Paso ahora a plantear algunos elementos que forman parte del trabajo
de Hetaira.
1. La lucha contra el estigma. En el trabajo
que venimos desarrollando desde hace años hemos podido constatar
que lo que mayoritariamente genera las malas vivencias de las prostitutas,
sus angustias, la baja autoestima etc. no son tanto las prácticas
sexuales que desarrollan en el ejercicio de su trabajo sino las
condiciones sociales en que lo ejercen y el menosprecio de la sociedad
hacia ellas. El estigma que implica ser considerada una puta lleva
a que toda su vida se vea reducida a esta categoría y que
todos sus actos sean juzgados desde este prisma, aplicándose
varas de medir más estrictas y prejuiciadas para ellas que
para otros sectores sociales (por ejemplo: si una mujer trabaja
asalariadamente limpiando casas y su marido está en paro
despierta la solidaridad de la gente, por el contrario si la mujer
se dedica a la prostitución siempre se presupone que sus
compañeros afectivos son chulos que las explotan). Este estigma
conlleva diferentes problemáticas:
- Un fuerte sentimiento de culpabilidad que convive con
el deseo de legitimidad. La búsqueda de legitimidad
y el apoyo que se reciba en este proceso suele ser un elemento
central para superar el estigma. De ahí la importancia
de la organización y de asumirse como tal, siendo importantísimo
en este proceso la reivindicación de la prostitución
como un trabajo, primer paso en su proceso de legitimización.
- El secreto con el que se desarrolla la actividad,
secreto que implica abandono de la ciudad de origen, miedo a ser
descubiertas y sobre todo mucha soledad. Esta soledad conlleva
frecuentemente la idealización de las relaciones afectivas
(que a menudo son fantaseadas a lo "Pretty Woman") pero,
junto con la conciencia de la dificultad de encontrarlas, entre
otras cosas por su condición de putas. Cuando estas relaciones
afectivas se dan se vuelcan en ellas haciendo regalos y manteniéndolos
a "cuerpo de rey", y el miedo a perderlas provoca en
muchos casos, dependencias afectivas y la tendencia a ceder siempre
para que el otro esté contento y no las abandone. Pero
hay que tener en cuenta que estos problemas no son exclusivos
de las mujeres que ejercen la prostitución
Las respuestas ante el estigma son también variadas y pasan
por fases diferentes:
- La negación del hecho de que obtienes
ingresos ejerciendo la prostitución. Esta respuesta la
encontramos frecuentemente entre los sectores de prostitutas ocasionales,
entre aquellas que están en programas de "reinserción
laboral" o entre algunos sectores de mujeres inmigrantes.
- La búsqueda de justificaciones a su
situación, la dramatización de las propias vidas
y la victimización consiguiente, que parece descargar algo
la responsabilidad individual.
- La elaboración de la experiencia y llegar a asumirse
como tal que implica no avergonzarse y reivindicarse
con dignidad trabajadora del sexo.
2. Promover lazos de solidaridad y apoyo entre ellas que
sirvan de embrión organizativo. Por lo que sabemos
de la experiencia de otros países el tipo de organización
de prostitutas que ha funcionado es más parecido a una red
que una organización estable de tipo sindical. La movilidad,
el tipo de trabajo tan competitivo y con horarios muy dispares,
las condiciones de vida difíciles para un amplio sector de
prostitutas de calle, los diferentes intereses entre ellas (que
frecuentemente provocan enfrentamientos) la dificultad para identificarse
como prostitutas, etc. hace que la conciencia colectiva esté
muy poco desarrollada y que sólo se manifieste en momentos
concretos, ante agresiones que les afectan de forma colectiva. Nos
preocupa especialmente la diversidad de intereses entre ellas y
las contradicciones que de ello se derivan : cómo aprender
a resolver las diferencias, a encontrar los puntos que unen por
encima de los que las dividen, aprender a mediar, negociar... todo
ello nos parece imprescindible para que puedan tener voz propia
y actúen como sujetos sociales, especialmente en aquellas
problemáticas que les afectan directamente. Por ejemplo la
lucha contra Tele Madrid para que respeten el derecho a la imagen
de las prostitutas o cuando el asesinato de una prostituta en el
metro de Antón Martín o las discusiones llevadas con
algunas inmigrantes y las de aquí para acercar posiciones.
3. Formar liderazgos, capacitarlas para las apariciones
públicas: cursos de formación en habilidades sociales,
preparación con ellas de intervenciones a través de
dramatizaciones, etc.
4. Apoyo concreto en sus problemas cotidianos
a través de las asesorías que tenemos en el local
y de salir con una furgoneta por las zonas de prostitución
repartiendo condones, un folleto al estilo cómic en el que
se explican las enfermedades de transmisión sexual y los
cuidados necesarios para prevenirlas y ofreciendo nuestro apoyo
legal.
5. Mediar en los conflictos. Tanto en los que
se dan entre ellas debido a los diferentes intereses y problemas
que padecen y que provocan enfrentamientos de todo tipo (las toxicómanas
frente a las que no lo son, las inmigrantes frente a las de aquí,
las de clubs frente a las de la calle...) como en los conflictos
que se dan con el vecindario, la administración , etc. Por
ejemplo cuando la situación de conflicto en Méndez
Alvaro
6. Promover ideas sobre los derechos que tienen.
También en una doble vertiente, por un lado favorecer entre
ellas el debate sobre sus problemáticas, intentando elaborar
alternativas. Por ejemplo organizamos un debate sobre la legalización
de la prostitución y las propuestas que avanzaron Alvarez
del Manzano y Ruiz Gallardón en las últimas elecciones.
Por otro, llevar estos debates a la sociedad, a sectores sociales
que están implicados de una u otra manera en el trabajo con
ellas (trabajadoras sociales, psicólogos...) Por ejemplo
a través de cursos en la Escuela Universitaria de Trabajo
Social.
|