| Abogada antes que juez,
esta magistrada suele ir a contracorriente. Miembro de la Asociación
Francisco de Vitoria (moderada), abandonó la Audiencia Nacional
para ocupar uno de los nuevos juzgados de violencia contra la mujer,
de menor rango. Ahora publica un libro de denuncia social y autoayuda
para maltratadas.
Una juez contra el maltrato y más. Raimunda de Peñafort
Lorente Martínez (Granada, 1952) desborda energía
y convicción. Ha renunciado a su puesto en la Audiencia Nacional
para desempeñar un cargo menos prestigioso y peor pagado:
está al frente de uno de los nuevos juzgados creados para
combatir las agresiones machistas, el número 1 de Violencia
sobre la Mujer de Madrid. Allí es una "juez de cabecera"
para maltratadas. A costa del sueño, esta magistrada, profesora,
criminóloga y madre en solitario de tres hijos ha puesto
el punto final a Una juez frente al maltrato (Plaza y Janés
lo publicará a mediados de octubre). Es un libro con 12 historias
reales que persigue un doble objetivo: denunciar y ayudar. Está
dedicado a Andrea, una niña de siete años. "La
mató su padre en un régimen de visitas. La madre le
había denunciado 48 veces y sólo logró tres
respuestas judiciales", detalla Lorente con un quiebro en la
voz.
Pregunta. Usted comenzó a ejercer como abogada
¿Qué la llevó a querer ser juez?
Respuesta. La falta de contestación jurídica
a los argumentos de defensa que yo planteaba. La gota que colmó
el vaso fue un asunto del año 1978. Condenaron a mi cliente
por tráfico de drogas con un solo indicio: el sello en el
pasaporte de que había viajado a Tailandia vía Holanda.
Aquello me pareció totalmente injusto y me dije: "Yo
quiero poner las sentencias".
P. Y se preparó las oposiciones.
R. Sí. Suspendí la primera vez,
pero aprobé las de secretario judicial. Dicerrojazo al despacho,
donde ganaba el doble que ahora, y empecé el periplo por
los pueblos. Luego me casé y pensaba que de funcionaria podría
compatibilizar mejor el trabajo con la familia. Ingresé en
la judicatura en 1987, por el llamado tercer turno.
P. En 2002 se convierte en magistrada de la Audiencia Nacional,
un destino codiciado. ¿Por qué lo abandona para irse
a uno de los nuevos juzgados de violencia sobre la mujer?
R. Como penalista, llegar a la Audiencia era cumplir un sueño
inalcanzable,porque allí se aplica un derecho penal que no
cabe en otra parte. Son casos de terrorismo, de delincuencia organizada...
Pero tras la aprobación de la Ley Orgánica de Medidas
de Protección Integral contra la Violencia de Género,
a finales del año pasado, pensé que había que
cumplir otro sueño y otro reto profesional.
P. Volvió a empezar de cero.
R. En cierto sentido, con una ley nueva, con una jurisdicción
nueva como son los juzgados de violencia, que empezaron a funcionar
en junio pasado. Yo siempre había estado muy comprometida
con las mujeres maltratadas y, si no hubiera pedido ese destino,
no habría sido coherente conmigo misma. Lo hablé con
mis hijos, les dije que habría menos dinero en casa y me
apoyaron.
P. ¿De dónde viene su sensibilidad hacia
la violencia machista?
R. Empieza en mi etapa de abogada. Tenía clientas casadas
con personajes muy conocidos que las pegaban. A veces me pedían
que se retirara la denuncia, porque creían que su marido
las iba a matar si se veía en el juzgado. Ya juez, en mis
primeros juicios, que eran de faltas por malos tratos, había
mujeres que me increpaban cuando condenaba a su marido. Me decían:
"Señoría, que la que tiene que volver a casa
con él soy yo". Había hombres que decían
que habían pegado a su mujer porque la sopa estaba fría.
P. ¿También percibió entonces que
la ley protegía poco a las maltratadas?
R. La mujer que denunciaba pretendía, como pretende hoy,
protección y que cesara el maltrato. Por lo general le era
y le es indiferente que se condene o no a su pareja, lo que querría
es que él cambiara, seguir juntos y que no vuelva a pegarla.
Durante años me he sentido deudora de esas mujeres a cuya
situación no pude dar una respuesta cabal por falta de recursos
jurídicos. En las guardias era tremendo cuando llegaba la
mujer apaleada a denunciar y preguntaba dónde podía
dormir esa noche. Enviarla a su casa era mandarla al infierno, y
yo hacía gestiones para buscarle un alojamiento. Así
empecé a conocer las casas de acogida.
P. Usted es la primera juez que, en 1999, pide la extradición
de un padre por llevarse a sus dos hijas al extranjero. ¿Cómo
se atrevió?
R. Hasta entonces se consideraba que eso no era delito, pero yo
creía que esa conducta no podía quedar impune, porque
suponía una coacción a la madre y otra a los hijos.
A ella se le impedía ejercer la maternidad, y a los hijos,
su derecho a criarse al amparo materno. Con aquello me vi más
fuera de la carrera que dentro, pero habría sido indigna
de seguir vistiendo la toga si no hubiera podido aplicar el derecho
conforme lo entiendo. Ésa es la independencia del juez.
P. ¿Supuso un punto de inflexión?
R. Cuando el Consejo de Ministros dio luz verde a la extradición,
respiré. Hacer el ridículo nunca me ha parado, porque
el que no se equivoca es el que no se mueve. Yo no podía
dejarme llevar por la rutina y decirle a aquella mujer: "Señora,
aquí no hay delito. Váyase a su casa y olvídese
de su hijo". A raíz de aquello me llamaron las asociaciones
de mujeres y entré en
contacto con ellas. A finales de 2003, aunque estaba en la Audiencia
Nacional, fui a unas jornadas para jueces sobre violencia doméstica.
Hicimos una visita a un centro de acogida y allí ocurrió
algo que determinó que yo escribiera el libro.
P. ¿Qué fue?
R. Una mujer envalentonada lanzó una serie de preguntas,
de quejas, de lamentos: "¿Qué dioses creéis
ser?, ¿por qué mi vida está en vuestras manos?".
Era muy difícil contestar. No teníamos respuestas.
Yo me propongo dárselas ahora.
P. ¿Es un libro de autoayuda para maltratadas?
R. Tiene algo de eso. Por ejemplo, les digo que no esperen las
soluciones de los demás, porque las soluciones las llevan
ellas dentro. La mujer tiene un enorme poder para renacer de sus
propias cenizas. No puede cruzarse de brazos y esperar que la solución
le venga de fuera. Es cierto que va a necesitar ayuda de la familia,
de las amigas, de las instituciones, de los jueces... Pero ella
tiene que dar el paso para acabar con la situación, para
denunciar.
P. ¿Por qué es tan difícil salir de
esa situación?
R. Porque el maltrato hunde a la mujer en un pozo. La cuerda que
se lanza para sacarla puede estar trenzada de muchos hilos, sociales,
familiares, de amistad, jurídicos... Pero si ella no hace
el esfuerzo de agarrarse a la cuerda y de mantenerse asida, no hay
quien la saque del maltrato. Algunas víctimas prefieren el
abrigo de esa oscuridad a la luz cegadora que se ve
fuera y desde donde les dicen: "Sal, que fuera está
la vida, y no ahí abajo".
P. ¿A qué se debe?
R. A que la mujer maltratada se acostumbra a caminar de rodillas.
Se le atrofian los pies, en las rótulas le salen callos y
se habitúa a andar así. Lo hace más cómoda
que poniéndose de pie. Para levantarse, necesitará
que alguien la ayude y será muy difícil convencerla
de que andar de pie es lo normal, porque va a tropezar varias veces.
Cuesta que una mujer maltratada capte eso, porque se ha hecho a
la forma de vida que tiene, a la humillación continua durante
años. Eso marca, destroza. La víctima tiene miedo.
Llega a creer que es culpable de lo que le ocurre. El maltratador
la aísla, la menosprecia, la culpa de todo. Además,
la impunidad ha alimentado el maltrato durante siglos.
P. La nueva ley pretende acabar con todo eso, pero ha levantado
polémica. Para algunos, discrimina al crear juzgados para
proteger sólo a las mujeres.
R. Yo sé que hay muchas voces en contra de los juzgados
de violencia. La razón es que estos juzgados pretenden conseguir
la igualdad material y real entre sexos. Y eso es algo que no interesa
a mucha gente, incluidas mujeres que pueden tener asumidos roles
masculinos. Cuando el hombre y la mujer sean iguales, superando
el sexismo, habrá mucha menos violencia.
P. ¿Es usted feminista?
R. Siempre he sido muy independiente. No soy nada que termine en
ista, pero me veo en unas tesituras...
P. ¿Cómo justifica que la ley castigue más
al hombre que a la mujer quemaltraten?
R. La ley castiga más a los hombres porque considera que
su actitud violenta respecto a las mujeres viene preñada
de los condicionamientos sociales seculares que han contribuido
a los roles masculinos de dominio sobre la mujer. Y eso, nos guste
o no, es incuestionable. A través de los siglos, el dominio
lo ha tenido el varón. A través de los siglos, las
leyes las han hecho los hombres. La historia la han escrito ellos,
y no las mujeres. También determinaban ellos las pautas educativas,
económicas y sociales. El sujeto activo siempre era el varón,
y el pasivo, la mujer.
P. ¿No es lo mismo que pegue un hombre o una mujer?
R. Alzar la mano a la mujer en la alcoba está cargado de
esos estereotipos de "soy el varón, por eso mando y
tengo que controlarte". No es lo mismo que cuando la mujer,
que es la sometida, se atreve a levantar la mano al varón.
En la violencia de la mujer hacia él no hay carga sociológica.
No veo discriminación al establecer penas más graves
para los hombres porque el punto de partida es desigual.
P. Pero también existen varones maltratados.
R. Claro que los hay. Son la excepción, y los protege el
Código Penal. Ellos sufren más el maltrato psicológico
que el físico. Suelen poner punto final a esa situación
cuando encuentran a otra compañera. Esta realidad se conoce
muy poco en los juzgados, porque es muy difícil que los hombres
presenten una denuncia. No quieren que se sepa lo que les pasa.
Sus casos están en las consultas de los psiquiatras y de
los psicólogos.
P. Desde que arrancaron los juzgados de violencia, a finales
de junio, usted ha atendido más de 300 asuntos al mes. ¿Ha
recibido denuncias falsas?
R. Sólo he deducido dos testimonios por posible denuncia
falsa entre más de 600 casos.
P. ¿Cómo reaccionan las víctimas que
llegan a su juzgado?
R. Se sorprenden de la respuesta judicial inmediata,
de que nada más denunciar al marido llega la policía,
se lo lleva esposado y en 24 o 48 horas hay juicio. Muchas se asustan
o se aturden al ver a su marido esposado. Para quitar hierro, suelen
restar importancia a la denuncia, decir que fue una exageración.
Yo les pregunto si mintieron a la policía o si me están
mintiendo. "Es que no me esperaba que, porque me haya pegado,
que es lo que viene haciendo desde hace años, le vería
en los calabozos", me contestan. "Quiero que no me vuelva
a pegar, pero no quiero causarle ningún perjuicio",
añaden. Las mujeres querrían que tuviéramos
una varita mágica para cambiar a sus maridos, o que les diéramos
un escarmiento para que dejen de maltratarlas. Pero aquí
no estamos para dar sustos.
P. ¿Condena más que absuelve?
R. En la mayoría de los casos, los hombres
reconocen los hechos y se conforman con la pena que se solicita.
Por eso se celebra un juicio rápido, se les condena y se
dicta además el alejamiento. Les explico que deben cumplirlo
los dos, que no pueden dormir juntos esa noche. Hay mujeres que
dicen que quieren darle otra oportunidad.
P. El carácter forzoso del alejamiento
ha motivado varias cuestiones de inconstitucionalidad de jueces.
¿A usted qué le parece?
R. Creo que la ley se excede. Dictar el alejamiento
debería ser una medida facultativa para el juez. Puede resultar
excesivo imponerlo si los afectados no lo quieren. No se puede ser
más papista que el papa y negar efecto al posible arrepentimiento.
Además, no es lo mismo un primer maltrato que uno reiterado.
P. Quien bien te quiere te hará
llorar. ¿Miente el refrán?
R. No hay nada más reñido con el
amor que el maltrato. Son conceptos antagónicos, aunque se
disfracen. Cuando empieza a reinar el desasosiego, a surgir el temor
al ruido en la cerradura de la puerta, el miedo a equivocarte, el
tener la culpa de todo... Todo eso no es amor, sino alertas rojas
de que existe maltrato.
P. Describe bien la situación.
¿La ha padecido?
R. No. Cuando he visto que se me encendían
esas alertas he puesto los pies en polvorosa...
P. En juzgados como el suyo suele haber
sobrecarga de trabajo. ¿Llegan a estar colapsados?
R. Los juzgados funcionarían mucho mejor
si no tuviéramos tanto trabajo, pero el colapso se remedia
a base de echar horas. Nuestros asuntos son dinamita pura, no valen
archivos o resoluciones precipitadas, y cualquier expediente puede
estallar en cualquier momento con una desgracia. Al tiempo, hablamos
de los derechos fundamentales de los agresores.
P. ¿Cree que la ley integral contra
la violencia será un espejo para otros países?
R. Estoy convencida. Ha despertado mucho interés
fuera. El maltrato a la mujer es un fenómeno universal, y
el legislativo español ha tenido la gallardía de afrontarlo
con una norma pionera que en absoluto pretende culpar sistemáticamente
a los hombres.
P. Pero quizá se sienten culpabilizados
como colectivo.
R. Los juzgados se llaman de violencia sobre la
mujer, pero también tutelan los derechos de los hombres denunciados
por algo que no son. Además, entre los varones ya no mola
ser maltratador, eso pasó a la historia.
P. También hay mujeres que se oponen
a la discriminación positiva que establece la ley.
R. Se quiera ver o no, existe desigualdad por el
hecho de ser mujer, y esta ley da respuesta a eso. Lo que pasa es
que la que asume el rol masculino es mucho más radical que
el hombre. Las hay que dicen, por ejemplo: "He llegado a ser
ingeniera y cualquier mujer puede llegar también". Pero
tampoco ellas están libres de la violencia de género.
Si se enamoran y bajan la guardia, pueden caer en las redes del
maltrato, que son muy sutiles. Conozco casos. El problema se da
en todos los ambientes sociales.
P. Hay cuestiones de la ley que aún
no han arrancado, como la creación de un fondo que garantice
las pensiones impagadas a los hijos. ¿Le parece una medida
urgente?
R. Urgentísima. Los niños comen a
diario y hay papás que se olvidan de eso. El impago de pensiones
es un delito por el que pocas veces se condena, al no acreditarse
la existencia de recursos económicos de los padres. No sé
qué pasa en muchas separaciones, que casualmente acarrean
la ruina de los profesionales sin nómina embargable.
P. ¿Vivir dramas a diario cansa?
R. Siento el dolor de las mujeres que me cuentan
su sufrimiento.
P. ¿Cree que difundir noticias de
violencia machista provoca emulación?
R. No. La violencia estaba y se ha conocido gracias
a los medios de comunicación. No se puede matar al mensajero
porque el mensaje sea tremendo. No hay más violencia porque
se cuente más, aunque haya quien al ver un caso en la televisión
le diga a su mujer "la siguiente eres tú".
P. ¿Cómo juega la creciente
autonomía de las mujeres?
R. Ahora la mujer se resigna menos y rompe el mensaje
católico que se le venía dando de que con la resignación
se ganaba la gloria. El ansia de libertad femenina puede aumentar
el maltrato, pero no lo justifica. Además, la idea del príncipe
azul tiene que desaparecer. La mujer no puede esperar a que otro
le dé el pan. Tiene que ganarlo ella y ser la única
dueña de su vida.
P. ¿Está a favor de los tratamientos
para rehabilitar a los maltratadores?
R. Sí, pero sólo es posible si ellos
tienen voluntad de cambio. En todos los casos que llevo en dos meses
y pico, sólo un maltratador me ha pedido ayuda para cambiar.
Era un torturador que despertaba a su mujer con agua fría
porque encontraba placer en no dejarla dormir. Y había niños
creciendo en ese ambiente.
P. La judicatura se feminiza. ¿Qué
consecuencias tiene?
R. La justicia no tiene sexo. No afecta ser hombre
o mujer al hecho de juzgar. Las mujeres han aportado constancia,
valentía en sus decisiones. Otra cosa es la carrera. La realidad
es clara: tres mujeres en el Tribunal Supremo. Llegamos con cuentagotas
a los puestos altos, que son de libre designación, porque
secularmente estos campos son de los hombres.
P. ¿Le gustaría jubilarse
en el Supremo?
R. Qué duda cabe. A cualquier jurista le
gustaría, pero la vida es tan amplia que no sé de
qué querría jubilarme.
Casar con un niño en brazos
LLEVA POR NOMBRE el del patrón de los abogados
porque su padre soñaba con tener una hija que lo fuera desde
que, en la mili, vio una película de una abogada que le impactó.
Raimunda de Peñafort Lorente Martínez quería
ser escritora, pero se matriculó en Derecho. Y también
en Filosofía y Letras. Su padre acudió a presenciar
su primer juicio, en 1975, un hurto de uso de una moto. "A
la salida, me dijo que era el momento de regresar a Granada y de
hacerme una mujer, que aprendiera a cocinar... Fue un momento duro,
pero con la ayuda de mi madre le convencimos de que era una pena
con lo bien que me había salido el juicio". Aquel primer
cliente le proporcionó el segundo: un compañero de
celda. Lorente empezó a hacer su clientela en la cárcel
de Carabanchel, pero tenía que pedir el permiso paterno para
viajar a los juicios. También se convirtió en profesora
de criminología cuando acabó esos estudios. "Me
ponía tacones y me pintaba para aparentar más edad,
porque los alumnos eran mayores que yo". Después, la
ajetreada abogada -"el traje de novia me lo compró una
amiga porque yo no tenía tiempo"- se vio juez y madre
de tres niños pequeños. "Para mí, como
para todas las mujeres, es dificilísimo conciliar trabajo
y familia. He casado con uno de mis niños en brazos. Otra
vez, en una guardia, tuve que ir a levantar un cadáver. No
podía dejar a los críos solos y no conocía
a nadie en esa ciudad, así que me los llevé. Mientras
yo subía monte arriba, la Guardia Civil me los entretuvo
con las sirenas de su coche". Como magistrada de la Audiencia
Nacional, a Lorente le ha tocado decidir sobre importantes financieros
y en casos de terrorismo. "En esa situación, la mano
no tiembla más ni menos que en cualquier otro caso. La función
de juzgar es la misma en un sitio u otro, y la pérdida de
la libertad duele por igual a todos los ciudadanos". Ahora
afronta con ilusión su juzgado de violencia madrileño
y prepara otro libro, esta vez sobre los hombres maltratados. Pero
también sueña con volver a la novela. Ya se estrenó
con una, A la luz de un sueño, y quedó finalista del
Premio Vargas Llosa en 2003.
|